A veces pienso que soy un caso singular.
Generalmente, hablo más que
escucho, invado con ideas y palabras el territorio del otro casi sin darme
cuenta del torrente de energía que puedo llegar a soltar. Por otra parte,
escucho más que hablo; observo, pienso, asimilo y razono todo cuanto me rodea.
Conceptos contradictorios,
principios complementarios, ¿Defectos? ¿Virtudes?… Quién sabe. Lo cierto es que
he aprendido a aceptar los retos de la vida, a asumir que el viento cambia de
rumbo cuando menos se espera, que las personas que nos rodean son como son, ni
mejores ni peores, que no podemos exigir más de lo que no somos capaces de
exigirnos a nosotros mismos, que los errores pueden revertir en aciertos o a la
inversa. Por ello trato de rodearme de
aquellos y aquellas que me aportan ilusión, alegría, amor y por qué no decirlo:
nuevos desafíos. Me he convertido en un admirador de la belleza más sencilla,
del tiempo sin reservas y de los momentos que puedo compartir.
Sin embargo dentro de mí, surge
la figura inconformista, el alma inquieta que se muere por volar, el hombre que
quiere contar historias que puedan cambiar el mundo, acabar con las injusticias…
Complicado, lo sé. De hecho me enfrento cada día con lados opuestos, con
personas que intentan arrebatar la dignidad del otro, convertir la desigualdad
en un triunfo, manipular los sentimientos, usar la palabra en beneficio propio
o robar inocencias que nunca volverán.
¿Y por qué estas reflexiones
lanzadas al aire? Veréis, He intentado
leer hasta el final “50 sombras de Grey”, ese libro superventas que ha inundado
las conciencias de muchas personas. Pero reconozco que ha sido de esos pocos
libros que han completado mi lista de novelas incompletas. No fue por
escandalizarme por su alto contenido erótico (me considero un hombre de nuestro
siglo), por su calidad literaria o por su vocabulario directo y mordaz. Si os
digo la verdad, fue por el simple hecho de la sumisión. Aún a riesgo de que mis pensamientos no sean compartidos
por muchos, no concibo el poder sobre las personas, la manipulación como llave
de nuestros éxitos, aún siendo aceptadas por el lado débil. De ahí que mi
lectura fuera interrumpida sin llegar al final de la historia.
Inmediatamente
después de leer detenidamente las trescientas primeras páginas, extrapolé la
situación a la condición humana. Perfectamente podemos entender la sumisión en
sus muchas otras acepciones. ¿Lo sexual?... es una más de las formas en que el
individuo puede hacer realidad sus deseos, ambiciones o fantasías. ¿No hay una
cierta sumisión en un pueblo hacia sus políticos? ¿No es cierto que callamos lo
que pensamos en el trabajo cuando los jefes amenazan nuestra dignidad? ¿A caso
no puede ocurrir con parientes, amigos o incluso la misma pareja? Existe una
delgada línea entre lo aceptable o inaceptable, entre la integridad o la rendición. Cada uno la marca según sus
principios, creencias o circunstancias. ¿Pero
entonces la sumisión sin condiciones es correcta según el criterio de quién la
padece? A veces pienso que muchos dejan de ser ellos mismos por agradar al que
tienen enfrente, renuncian a sí mismos para ser reconocidos como parte del grupo
aceptado socialmente, o para ser amados por quien no merecen. Se vuelven prisioneros del miedo, de su propio yo. Difícil cuestión, ciertamente.
En lo que a mí concierne, apelo a
la identidad individual, a la aceptación del yo sin dudas ni reservas, a la
libertad de pensamiento sin imposiciones externas, a querernos un poco más a
nosotros mismos. Muy complicado también. Pero ¿No sería todo más fácil si
aprendiéramos a amarnos sin censuras para luego compartir dicho sentimiento con
los demás?
Palabras de un loco, deseos de un
ingenuo, sueños de un soñador…
Un caso singular, sin duda.
CHARLES BLAKE

